5 de febero de 2026.- El Ágora Solidaria Cultura y Memoria Luis Toca ha acogido en Santander un encuentro centrado en el incendio de 1941, uno de los episodios más traumáticos de la historia reciente de la ciudad, cuyas consecuencias urbanísticas, sociales y políticas siguen presentes en la actualidad. La mesa, moderada por María Toca Cañedo, presidenta del espacio y coordinadora de La Pajarera Magazine, ha reunido a los periodistas Óscar Allende, Olga Agüero y Guillem Ruiz Sánchez para analizar la catástrofe desde una perspectiva histórica, social y de memoria democrática.

Durante la madrugada del 15 al 16 de febrero de 1941, un incendio originado en la calle Cádiz y alimentado por un fuerte viento sur arrasó el centro urbano de Santander. Las llamas devastaron cerca de 120.000 metros cuadrados, destruyendo buena parte del tejido comercial y dejando a más de 10.000 personas sin hogar, en una ciudad que aún trataba de recuperarse de la Guerra Civil. A pesar de la magnitud del desastre, no se registraron víctimas mortales directas, aunque sí un profundo impacto social que marcaría el futuro de miles de familias.

La respuesta ciudadana fue inmediata y masiva. A la actuación de los servicios de emergencia se sumó una oleada de solidaridad llegada desde distintos puntos de España —todavía sumida en la posguerra— e incluso del extranjero, con donaciones de alimentos, ropa y recursos económicos. Sin embargo, ese esfuerzo colectivo no tuvo un reflejo equivalente en la gestión institucional, que según los participantes en la mesa aprovechó la situación para redefinir el modelo urbano y social de la ciudad.

En este contexto, María Toca abrió el acto con una reflexión crítica sobre la reconstrucción posterior al incendio. “Fue un momento en el que la ciudad estaba completamente noqueada, primero por la guerra y después por el fuego”, explicó, comparándolo con la teoría de la “doctrina del shock” de Naomi Klein. “Cuando la población está en shock, se pueden tomar decisiones sin oposición, y eso es lo que ocurrió en Santander”, señaló, apuntando a una reconstrucción que permitió alterar profundamente la estructura urbana sin apenas resistencia social.

El periodista Óscar Allende profundizó en esta idea a partir del libro Expulsados, donde se analiza cómo la reconstrucción consolidó un modelo de ciudad excluyente. “Ese momento explica por qué determinados apellidos ocupan hoy posiciones privilegiadas en el centro y también el carácter conservador de Santander”, afirmó. Según detalló, el modelo impuesto durante la dictadura se basó en la expulsión de los vecinos tradicionales. “Se desplazó a pescadores, pequeños comerciantes o trabajadores para dar paso a un nuevo modelo urbano alineado con el poder del régimen”, explicó, añadiendo que “en Santander no hubo una verdadera transición urbanística, ese esquema ha continuado hasta hoy”.

En la misma línea, la periodista Olga Agüero aportó datos procedentes de archivo que cuestionan el relato oficial construido durante décadas. “Hay documentación que nunca se había abierto y que demuestra que lo que nos contaron no es toda la verdad”, afirmó. Aunque recordó que no hubo víctimas mortales directas, sí insistió en el impacto social: “Hubo miles de víctimas invisibles, familias que perdieron sus casas y nunca pudieron volver”. En este sentido, describió el proceso como una “depuración social”, en la que el centro se reservó para sectores afines al régimen mientras los antiguos vecinos eran desplazados a la periferia, a zonas como Candalandaburu o Campogiro, con condiciones muy precarias.

Por su parte, el periodista Guillem Ruiz Sánchez vinculó aquel proceso con los conflictos urbanísticos actuales. “Las denuncias vecinales que vemos hoy tienen paralelismos claros con lo que ocurrió en la posguerra”, señaló, citando ejemplos en barrios como el Cabildo de Arriba o el entorno del Pilón. A su juicio, “los mecanismos han cambiado en la forma, pero no en el fondo”, y denunció que “se siguen tomando decisiones que benefician a determinados intereses por encima del conjunto de la ciudad”.

Ruiz Sánchez también puso el foco en las consecuencias estructurales de ese modelo urbano. “El incendio aceleró la concentración de riqueza en pocas manos”, explicó, relacionándolo con problemas actuales como la movilidad. “El hecho de que el centro sea inaccesible para muchos obliga a miles de personas a desplazarse diariamente desde la periferia, generando un modelo poco sostenible”, apuntó, en referencia a un modelo que considera “rentable políticamente, pero perjudicial para el bien común”.

Durante el debate, también se abordaron aspectos como la censura informativa de la época. En este sentido, Agüero recordó que la prensa estaba completamente controlada durante la posguerra. “Se construyó un relato heroico de la reconstrucción, pero se ocultó el sufrimiento de las familias expulsadas y las consecuencias de las expropiaciones”, explicó, destacando cómo el régimen utilizó el incendio para reforzar su imagen de control.

Asimismo, Allende introdujo el concepto de “solarismo” para describir el proceso especulativo posterior. “La ciudad se convirtió en un gran solar donde las reglas cambiaron”, señaló, detallando que muchas familias perdieron sus derechos sobre los terrenos al no poder asumir los costes de la nueva edificación. “Fue una transferencia de riqueza muy clara hacia sectores afines al régimen”, añadió.

El encuentro concluyó con una reflexión sobre la memoria histórica y la necesidad de revisarla desde una perspectiva crítica. “La memoria oficial habla del incendio en términos técnicos, pero hay otra memoria que es la de quienes fueron expulsados de su propia ciudad”, subrayó María Toca. “Recuperar esas historias también es entender lo que Santander es hoy”, añadió, en un acto que buscó abrir un debate necesario sobre el modelo de ciudad, la memoria y la justicia histórica.

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